Donde el tiempo se detuvo


En el siglo XIX aparecieron los primeros mercados, y con ellos, una nueva vida económica

Enrique Vega ZAMORA

En los pasillos de los mercados mexicanos se pueden encontrar aquellos productos para abastecer las necesidades básicas del hogar. Estos centros de abasto conservan, además, el olor, el sabor y el color que caracteriza al  México del siglo XX.

En la época post-revolucionaria, el país renacía y el comercio era uno de los motores que llevaría al país a forjarse en perspectiva para   emprender su crecimiento. La vida para los capitalinos empezaba a funcionar de acuerdo con las necesidades que se tenían, fue así como en la década de los años 20, aparecieron los primeros mercados en la ciudad de México.

EL UNIVERSAL ILUSTRADO dio a conocer en sus planas, imágenes de  los mercados desde sus inicios y años más tarde, de la remodelación que se les tuvo que hacer para cubrir, de mejor forma, las demandas de su clientela.

Para 1922 ya se tenía el registro de 17 mercados instalados en distintos puntos de la ciudad, los cuales abastecían a compradores de ocasión. El constante crecimiento de la población obligó a las autoridades a modificar, de forma paulatina, la capacidad de estos espacios dedicados a la comercialización de productos que, de acuerdo con su naturaleza, variaban de entre los 20 centavos y los 4 pesos.

Nace el ambulantaje

Entre los mercados más destacados de la segunda década del siglo pasado, estaban el de La Lagunilla, el de La Merced, Juárez, San Lucas y el de San Juan, entre otros. La cantidad de vendedores que llegó a haber en ese entonces superaba, en muchos casos, la capacidad de estos centros de abasto, por lo que era común ver puestos ambulantes en calles aledañas, raíz del colorido panorama del comercio informal que todavía observamos en la actualidad.

Ya para la mitad del siglo XX, las quejas ciudadanas debido a la sobrepoblación de comerciantes en las calles, empezaron a tener resonancia en las oficinas del ayuntamiento. Poco tiempo pasó para que se implementaran medidas de seguridad que beneficiaran las condiciones laborales de quienes comercializaban sus productos en las calles y mercados capitalinos, así como de los compradores.

En los pasillos reducidos de aquellos mercados, ya existía una práctica que aún perdura: el fenómeno del regateo. Las amas de casa, así como las trabajadoras domésticas, podrían acceder a este recurso  para lograr una baja en los precios, por ejemplo, el costo  de la carne podía disminuir   50 centavos.

Si bien en sus inicios los mercados fueron planeados para surtir de flores, ropa, telas, frutas, verduras, granos y carnes, poco a poco la variedad de productos ofertados incrementó, al tiempo que el aforo de comerciantes tuvo que ampliarse para así intentar abastecer a los consumidores que, desde ese entonces, hacían de estos lugares, centros donde se hallan los cimientos del México moderno que se mantiene hasta nuestros días.