El día uno de EL UNIVERSAL


Hace 99 años el fundador de este diario, Félix F. Palavicini, escribió: “No regreso al periodismo para servir a mis pasiones personales,  sino a intereses comunes”. Sus palabras tenían sentido entonces  como ahora; por eso a continuación se reproduce un extracto  de aquel primer editorial de EL UNIVERSAL

Intentaré traducir en el desaliñado estilo de la prensa diaria el deseo y el sentimiento de mis correligionarios; procuraré contribuir a la nueva organización política de mi patria, ahora que los poderes ungidos por el sufragio comienzan a establecerse; cuando los ayuntamientos han quedado instalados en casi toda la República, cuando el Constituyente está próximo y el orden constitucional se avecina.

Se me afirma que muchas susceptibilidades se han lastimado al simple anuncio de nuestro periódico; sé que con toda anticipación y para curarse en salud, los pequeños han visto las cosas pequeñas, los pérfidos han visto las cosas con perfidia y los cobardes han temblado, porque ellos para todo tienen miedo; pero declaro que no regreso al periodismo para servir a mis pasiones personales; que no será mi objeto vengarme de los alfilerazos insignificantes que ha recibido, ni siquiera de las puñaladas arteras que me han sido asestadas; vuelvo al periodismo para servir intereses comunes, ideales altos, sentimientos generosos y propósitos levantados.

¡Que no soy resignado! Es cierto que si bien yo no vengo a ofender, dividir ni provocar no podría resistir, sin defensa, a los que gozaran en abollar mis armas o mojar mi pólvora, sólo que entonces no recurriré al castigo de los instrumentos inconscientes, sino que trataré con los que tras del biombo mueven los hilos de los polichinelas.

Soy partidario de un gobierno fuerte; soy de los que no confunde la revolución con la anarquá y adicto a los más radicales principios revolucionarios, los quiero ver solidificados en el orden legal.

Para colaborar en la obra reconstructora se necesita prensa amiga, pero prensa libre, a medida que la organización política se completa, la prensa libre urge.

Yo saludo a nombre de “El Universal” a mis colegas de la metrópoli y de los Estados, los invito a continuar, cordialmente, en la laboriosa tarea de difundir ideas generosas en las misas populares, les tiendo la mano de amigo y les ofrezco guardar la más delicada forma de toda discusión o polémica.

He visto de cerca cómo la montaña resiste impávida a todos los huracanes. He observado el sereno estoicismo, la voluntad firme, la energía tranquila de Carranza; la política me hizo el bien de ponerme junto a la cumbre y nunca tuve la flaqueza de creerme yo mismo convertido en cima, por eso pude apreciar cuán difícil es ser cumbre; pero mi buena fortuna no habría sido completa si no hubiese podido observar, cómo al lado de los grandes, giran también las miserias de la vida, las pobrezas de espíritu; cómo hay minúsculas podredumbres, egoísmos feroces, envidias locas y ambiciones ciegas.

De la cartera de Instrucción Pública y Bellas Artes, no traigo decepciones. He visto volar a las águilas caudales y deslizarse a los reptiles venenosos; he sentido la admiración por la piedad por lo que serpentea.

Y vuelvo al periódico, recojo mi tintero y mi pluma con alegría y entusiasmo. Como este cargo no lo confiere nadie, ni lo refrenda persona alguna, yo hago ante el público mi solemne protesta de cumplir con mis deberes de hombre de bien y demócrata sincero; hago solemne protesta de seguir – como lo he hecho desde 1909, en que la lucha se inició – consecuente con mis ideas y fuerte en mis propósitos.

Mi pluma es amiga, pero no es esclava.