Retrato íntimo de Mussolini


“Hitler, el Solitario Nórdico, hombre desconfiado, pero que no tenía la astucia que se le atribuía”: Farinacci

Aída Castro Sánchez

A partir del 15 de enero de 1947, EL UNIVERSAL publicó, en exclusiva, 46 artículos del Diario de Roberto Farinacci, brazo derecho de Benito Mussolini, primer Ministro de Italia, derrocado en julio de 1943 y dos años después fusilado. Sus memorias exhiben los días en que los italianos fungieron como aliados de Alemania en la Segunda Guerra Mundial.

Farinacci fue descrito en estas páginas como “el fanático ayudante del Duce, hombre que primero suprimió la oposición y realmente creía en la política de la macana, del aceite de ricino y violentos ataques antijudíos”, nació en Isernia, provincia  de  Molise, en Italia, el 16 de octubre de 1892.

Críticas y temores vertidos en cada relato

En el Capítulo I, titulado: Preparando el golpe de Estado, escrito el 20 de junio de 1943, Farinacci señalaba a los militares Ugo Cavallero, Pietro Badoglio y Vittorio Ambrosio como un “grupo de traidores y antifascistas”. Antes de que desembarcaran los ‘Aliados en Italia’, se lamentaba: “Claro está, si perdemos la guerra, será principalmente la culpa de Hitler, ya que nunca quiso entender que su enemigo número uno era la Gran Bretaña y que era necesario arrancarle a ella el pulmón Mediterráneo, hiriéndola mortalmente en África, desde Casablanca a Gibraltar, de Malta a Suez y Halfa”.

Vi a Mussolini durante 10 minutos. Estaba preocupado por los bombardeos: Italia está sufriendo mucho, -me dijo sin énfasis-. Tampoco podemos quejarnos demasiado acerca de ello con los alemanes, quienes de sus inmensos sufrimientos, adquieren una fuerza moral superior.  Debiera  leer el último informe de Alfieri acerca de los bombardeos de Berlín y Kassel.

Si la descripción de las destrucciones efectuadas es impresionante, el frío heroísmo de la población lo es más todavía. Nosotros, en Italia, -y esto me asombra- solamente tenemos a Nápoles la que soporte con igual tenacidad las acometidas del enemigo”.

De sus temores, el fascista afirmaba: “Para estar seguro en un Estado totalitario no hay como ser el jefe de la nación. En el converge, toda la vida del país. Vi claramente este aspecto, porque si perdiésemos a Mussolini hoy mismo, los aliados se arrojarían inmediatamente sobre nosotros como una parvada de buitres hambrientas sobre su presa.

“De acuerdo con la teoría de Hitler, yo mismo no era más que un pelele. Solamente Mussolini se hallaba en condiciones de imponer tendencias políticas a la nación o merecer cierto respeto. Eso fue lo que sostuve resueltamente en la sesión del Gran Consejo. Y fui el único que me atrevía a decirlo”. De esa premisa nació la necesidad de salvar a Mussolini y de hacer de él un símbolo, a fin de que los alemanes respetasen los pactos concertados y ratificados, tomando como idea de que quizás el Eje resultase victorioso a la postre y en tal caso, para que llegado el momento, concediesen a Italia y a Mussolini el debido respeto”.

El 13 de marzo de 1947 se publicó el último texto del Diario, donde se detallaba la propaganda de las victorias militares de Italia y de Alemania.

Apoyo a Mussolini

En el capítulo XXIII, realizado en octubre de 1943 y publicado el 8 de febrero de 1947, el fascista escribía sobre la relación entre su jefe y Hitler. “La simpatía patológica entre Mussolini y Hitler, el Solitario Nórdico, hombre desconfiado, pero que no tenía la astucia que se le atribuía.

De su encuentro con el alemán, éste explicaba: “apenas estuve completamente solo, me dediqué a caminar de un lado a otro a través del estudio, alterado aún por el curso inesperado que habían tomado los acontecimientos, complicados por mi conversación con el Führer. Estuve dedicado durante mucho tiempo a pasar revista mental a las diversas fases de la entrevista hasta llegar a las siguientes conclusiones producto de la reflexión que cada una de ellas merecía.

En cierto modo, me sentía altamente satisfecho de las explosiones de ira de Hitler al salir en defensa de Mussolini. Ello me demostraba que mientras el Duce viviese, Hitler daría todo su apoyo al fascismo y a los fascistas.

“Me pareció ver esto en aquellos arranques espontáneos y violentos, engendrados por la simpatía casi patológica surgida entre el Solitario Nórdico y el Duce.

“De todo ello, deduje que descansaba sobre los fascistas una inmensa responsabilidad, hasta que la ayuda que les proporcionasen los alemanes se convirtiera finalmente en motivo de un ataque contra Italia, para proteger una restauración del fascismo”.